De lo poco de vida que me resta
diera con gusto los mejores años,
por saber lo que a otros
de mí has hablado.
Y esta vida mortal... y de la eterna
lo que me toque, si me toca algo,
por saber lo que a solas
de mí has pensado. - Gustavo Adolfo Bécquer
No se como decirlo o demostrarlo, creo qué tu tampoco puedes, tal vez lo intentas sin lograrlo o quizá simplemente no quieres.
Quizá hemos visto en nuestros ojos, algún anhelo por decir algo que siempre impide la pisa o el miedo.
Si pudiera decirlo, o lo dijeses primero, o a un mismo tono y un mismo tiempo.
Seria triste esta melodía si finalmente no hay nada que decir para completarla. Estaría desolada y vacía.
Decirlo con vehemencia es lo que más quiero, cuando te acercas, sin saberlo cambian mis ojos con tu presencia.
Contemplas mi sueño, y pareces saber que veo cuando pretendo mirar muy lejos. Aunque te observo.
Al pensar que estoy errado - y solo hay ilusiones creadas en vano- me invade el miedo de equivocarme o suponerlo.
Quiero dejar de lado el temor de ver rota esta ilusión, por quebrantar el silencio que la conserva eterna y sin dolor.
Mientras, aguardo con paciencia volver certeza esta sospecha que no da tregua a mi razón. Si puedes percibirlo, quiero decirlo ... decir te amo, y no se como.
(hay ocasiones en que tomamos algo de los demás y lo hacemos nuestro sin problemas, pero cuando tomamos una parte del corazón, el otro jamas sera igual de nuevo)
Sábete bella aunque no lo digan, a diario y cada vez que te vean. Sábete bella hoy y ayer y mañana, cada semana sabete bella, a toda hora y sin reloj, sin tiempo y sin lugar.
Sábete bella sin mi o con migo, no sirven más mis palabras, o tus adornos o espejos, que lo que dicte tu percepción.
Sábete bella sin más razones, básta que lo creas y sepas tú. Sábete bella con tus amores y desdenes, con tus dotes e imperfecciones. Sábelo bien, sin olvidarlo y sin porfiarlo.
Sábete bella sin compararte, no encontraras par que plante duda o te convenza de lo contrario. Sábete bella sin ilusiones, sin apriencias solo certeza, verdad y escencia.
Hoy ha llovido en la madrugada, y cerca del amanecer un olor a humedad saturaba el aire de la habitación de Miguel, si se le puede llamar así. Tiene una cama donde a penas cabe, una pequeña mesa de madera que el mismo hizo, una estufa eléctrica y un par de cacerolas, un radio y una maleta. “Que curioso” - casi nunca llueve en esta época del año. Lleva ya 4 años en esta ciudad y ese olor y ese cielo cubierto de nubes grises que obscurecen la mañana que el sol intenta despejar, le recuerdan su hogar. Piensa en cuantas cosas cambian con el tiempo y cuando de lo que dejamos permanece intacto en nuestras memorias, como un ancla que nos salva de vagar a la deriva en el mar de nuestra sociedad moderna.
El agua esta fría cuando toma su ducha, justo como solía estarlo a casi toda hora en su casa. “Mi casa”- pensaba, hace tanto que se fue que apenas reconoce sus voces, Reynita su hija solo lo conoce a través del teléfono. Hoy debe llamarlos, y se prepara para estar sereno, cuando sienta su corazón encogerse como una pasa cuando los escuche. Suele escuchar más de lo que habla, así es más fácil. Si habla demasiado terminara llorando como aquella ocasión hace casi un año, ellas no deben escucharlo así.
Es su día “libre” y aun faltan dos horas para que abran el lugar donde hace sus llamadas. En estos días la ansiedad casi lo domina, ya seis meses casi que ha dejado de fumar y no quiere romper esa resolución, por eso se prepara un café cargado, como le agradad, ya no puede estar más despierto, lo esta hace tres horas, dos de ellas dando vueltas en la estrecha cama, escuchando caer la lluvia.
Escucha un rato las noticias mientras toma su café a ver si aparece alguna noticia interesante, siempre las mismas cosas, los políticos queriendo permanecer en sus puestos, uno que otro accidente, algún escándalo de un famoso. Las verdaderas noticias son las que espera, las notas de Reynita, saldría al fin la pensión de viudez de su madre, alguna que otra de algún primo y de los vecinos, por supuesto.
Toma el autobús que lo lleva casi directo al lugar, llegara antes que lo abran pero no puede quedarse un momento más en la habitación. La sensación de estar en movimiento lo tendrá al menos en alerta, mucho mejor que esta especie de angustia que le revuelve el estómago.
El autobús se ha demorado por el transito, llega justo a diez minutos de que habrán el local. Compra el diario en un puesto en la esquina y hojea la sección de deportes mientras espera en un escalón de la entra. Ahí viene ya Julio a abrir, ya se conocen, después de un tiempo es imposible no reconocer a los que vienen con regularidad. “¿Al mismo número?” - pregunta Julio, “Siempre al mismo”- responde Miguel, Hace a penas meses que han instalado el teléfono en casa, ya no más molestar a los vecinos con estas llamadas. Una señal con la mano le indica que ya esta en proceso la llamada, descuelga la bocina, respira profundamente y exhala.
No recuerdo ya cual había sido la excusa con la que me había colado esa ves, pero quería estar con ella. Había alcanzado a sentarme junto a Ángela en el autobús, era un largo trayecto en hasta nuestro destino, una plaza comercial bastante frecuentada por grupos de amigos, que resultaba un lugar ideal de reunión. Al arribar a la estación de la plaza me detuve un momento para apreciar la puesta del sol, siempre me han atraído los atardeceres y el cielo nocturno de una forma que no se explicar.
Me apresure a alcanzar a Ana y Ángela, que me dejaban atrás. Yo no paraba de pensar en el toque de su mano sobre mi hombro. Me parecía salido de la mente de alguien obseso, pero no paraba de darle vueltas a aquello. Era algo que Ángela hacia regularmente, no parecía nada particularmente especial en mi caso. Ya estaba acostumbrado al efecto usual que Ángela causaba en la mayoría de los hombres, precisamente por ese tipo de cosas. Aunque yo tampoco era inmune a ello y estaba casi seguro que ella lo sabia bien. Procure apartar aquello de mi mente, porque no quería arruinar las cosas. Las relaciones son algo que no debe forzarse, no quería que alejase de mi o apartarme de ella.
El sol parecía desplomarse en el horizonte, y noche caía tan rápido que apenas y había avanzado algunos metros. Caminamos por la acera y deje que se adelantaran, mientras mi mente se aclaraba. Ángela camino cada vez mas lento, hasta alcanzarme. Le dije es estaba bien. Es usual que se preocupe por mi y yo por ella. Caminamos un trecho mas juntos, yo intentaba igualar aquellos pasos cortos con los que ella apenas avanzaba. Le comente que había cerca un lugar muy bueno, no estaba muy seguro si aun existía porque desde la universidad no llegaba por ahí. Ángela no se mostró muy interesada en la conversación, de modo que yo tampoco insistí mucho en hablar y me limite a caminar. Camine muy despacio porque al llegar a la plaza acabaría lo especial de aquel momento.
Ella alzó la mano para arreglar un poco su cabello, llevaba unos aretes que hacían una linda combinación con su camisa. Mientras bajaba su mano pensé en tomarla, como en otras ocasiones había tenido la intención, pero había desistido de ello hace ya un instante. Cuando su mano sorprendió a la mía la estreche de inmediato, solo por un momento. Percibí algo que me invadía, algo que había experimentado pocas veces, como si una corriente muy suave condujera este momento y el universo conspirara a favor nuestro. Nos miramos y no dijimos nada, no era necesario. Yo esboce una sonrisa y ella me sonrió, eso nos bastaba. Ana ya nos estaba llamando, se nos hacia tarde y nos estaban esperando.
Desde que no sale el sol, necesito la calidez de tus palabras para entibiar mis días, para hacerlos distintos, porque son iguales todos.
A veces creo escuchar tu voz, en alguna charla, por un instante.
Pensar que estas distante, y al tiempo tan cerca en mi pensamiento.
La pesadumbre de estar en un sitio donde tu presencia es suficiente para llenarlo, y saber improbable que pueda verte, despoja la levedad de mi existencia que se extingue.
El tiempo se aletarga para hacerme interminable esta espera.